Era joven don Amancio Casas montado en un pangaré gris galopeador en medio de un viento helado que derramaba secretos. Lo que digo ya está escrito. Muy poca gente escala recuerdos de aquel lugar y en verdad es muy difícil hallarlos. Cuando voy descubriendo las verdades de cada ser, comienza la vertiginosa carrera de un viaje largo que nunca espero.
Empiezo a sentir aquella noche aleteos de murciélagos que van y vuelven desde el galpón café de la loma hasta el gallinero al lado de los baños. Sopla el viento fuerte de Ñirehuao, y entra al valle para encajar chicotazos duros a los rostros de los jinetes que trotan el medio de la pampa. Ahí ocurre algo cuando me desprendo de mis mochilas en el fondo oscuro de la posada de los Quilapanes. Bajo las escaleras en silencio luego de haberme lavado la cara en un riachuelo, descubro a un parroquiano adosado al mesón de coligüe masticando caporal y llevándose insistentemente un vaso sucio a la boca. Permanezco ahí quieto a la espera de que alguien se me acerque. La palabra del gaucho Isidro me llega como una brisa de recuerdos, de frente al viento helado de los inviernos, como cuando el mensajero alcanza su redil, o un caminante llega agotado con las noticias de la última semana llevando una guitarra al hombro y nunca sonriendo.
Treinta años después, cuando regreso de las esquilas y me he despedido de los comparseros, paso cerca de su casa y como la veo tan iluminada, me acerco hasta la tranquera y pego un fuerte chiflido. El gaucho me muestra orgulloso un pergamino de vivos colores que ha recibido de manos de un profesor trashumante en la casa de viento de la pampa. Es un santiaguino de apellido Gatica, que permanece desmontado y desensillado una semana completa, quedando conmovido por la vida que llevan los pobladores. Veo una gran foto sobre la pared con el viejo Isidro vestido de gaucho, exhibiendo lujos y un texto que dice: Con cariño para uno de los hombres que llegaron primero.
Aquí es difícil no llegar argentinado
Ese gaucho de Malleco ya llegó argentinado por su viaje de diez años hasta la costa del Chubut desde donde se trae sus dichos y modismos, aperos y pensamientos porteños. Su padre conserva los capitalitos que ha juntado en la provincia y cruza la cordillera a pie junto a él. Mis ahorros los perdí rápido don. Fueron como diecisiete años de malos negocios con una compañía acaparadora que no permitía a ningún pobrete como nosotros que se viniera a meter aquí, dice como en una sentencia. Gregorio y Delcira deciden quedarse en Río Norte para toda la vida. Los primeros trabajos ocurren en tropas de lanares que traen junto a su padre de Leleque, de la Elida, de San Martín, del Coyte, todos puestos laborales y estancias soberbias en medio de tiempos difíciles, pero hay mucha senda y se tropea mucho para Chile. En aquellos entreveros es que se conchaba para los ingleses en la Compañía Ganadera, entra a trabajar como domador de potros. Ahí se notaba mi capacidad. Fíjese que eran tan ariscos los potrillos que sentí un poco de miedo cuando me encargaron una tropilla de quince potros en abril y los amansé al año justo. Así era el compromiso de la estancia con sus amansadores contratados, uno recibía una tropilla y al año siguiente tenía que entregarla apta para trabajar. Absolutamente mansitos los potros, comenta con un orgullo que le viene de adentro. Es de noche cuando le escucho decir con parsimonia y algo de estupefacción que antes del ocaso ya han franqueado la loma Monroe y Anderson en medio de los coironales porque han estado toda la noche acarreando sombras frente a la casa grande de los administradores. Y luego el lenguaje musical del trance cotidiano, el acopio de la lana, los viajes que no se cumplen, las mangas y los camiones. Llegan las tropeadas de culatero y de puntero, el momento de la ronda muerta, el vandeo de los ríos anchos haciendo sombra en el monte, cruzando enormes distancias con la lluvia de fondo terrible, patética...

Los paisanos de la tierra lejos
Aparece de pronto el Juan de la tierra lejos, el gran domador Carrasco, capataz de hacienda que ya lleva ahí unos treinta años. Me acerco con señorío y me alcanzo a meter al ruedo. Veo que todos son amigos, incluso Willy Macdowell, amansador cuando los potreros no están y tiene que batallar con los espacios abiertos y ahí manejar la domadura, esperar que el animal disparara para donde quiera y llegue hasta donde pudiera, a veces unas cuatro leguas campo adentro, y dos hombres mancornados, con caballos ariscos, uno a cada costado de los intratables, custodiándolos. Uno a cada lado, era fiero ché… declara.
Los primeros gauchos de la vida campera hablaron, pensaron y vivieron en argentino, tanto por haber llegado del otro lado como por ser admiradores de esta tradición de rueda de fogón, carrera, apialadura, mate amargo, facón, rastras y lujos, como el corazón de la vida laboral. Entonces era muy común escuchar aseveraciones como yo nací en Chile en tal fecha, o vengo de Chile grande, términos que eran bastante aceptados entre el gauchaje de la época. Recuerdo ahora al anciano tomándose la barbilla y río en silencio mirando al sol ponerse. Entonces, con mis pierneras sucias en las manos, me dirijo a la casa a buscar los cueros para espantar un sueño. Al otro día me despierta el abatir de cientos de alas de murciélagos desplazándose por el espacio semioscuro del alba. Alcanzo a ver allá abajo cerca del tortol a Juan Foitzick que llega. Inmediatamente el torido de perros se convierte en ruidosa bienvenida. Viene con Felidor y Celestino, que son parecidos, con ojos claros y barbilla alargada.
Años después en casa de Pancho Cordero conoceré las virtudes guitarreras de Celestino y la ceguera irremisible de Felidor cuando lo voy a ver a su casa Aldea arriba. Entonces me acerco a preguntarle dónde ha nacido y afirma sin rodeos en Chile, y con el tiempo llegamos al otro Chile. Mantiene firme su propósito de recordar, señalando detalles asombrosos de las penurias del avance por la huella desolada, sin mucho que encontrar, saliendo del sector del Chubut por un paraje del norte, recorriendo kilómetros de pampa sin encontrar nada en absoluto, ni gente ni árboles, ni casas, como si estuvieran en un campo libre, ya que han tocado los lindes de Río Mayo y sólo los salen a recibir los pájaros.
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La larga búsqueda de Felidor Foitzick
En aquellos instantes en medio de los desolados parajes sin dueños y sin autoridades, es muy probable que las personas que pasan por ahí quieran tomar decisiones rápidas de apropiación. Lo que significa, por ejemplo, elegir un pedazo de tierra y demarcarla para sí, escogiendo las dimensiones hasta donde alcance la mirada. Hay avutardas y patos caiquenes y un valle largo con lagunas donde se respira la lejanía y unos coironales altos de casi un metro de altura y expuestos nidos de pájaros.
Me mira con ojos extraviados mientras sigue contando. Llegabámos ahí y alzabámos huevos en grandes cantidades para el consumo y a veces sólo por buscarlos. Era linda la costumbre de saberse descubridor de huevos. Hubo que venir muy despacio, me dice. Cuando los Foitzick pasan, los ven, y son gritos y saludos, pero no pueden estacionarse porque esas tierras ya no son orejanas, pero ellos pueden pedir permiso sólo para alojar y poder salir al día siguiente, y así encontrarse con otras familias que también han descubierto el agua y también han elegido aquel lugar para quedarse para siempre.
Mientras se limpia la punta del zapato con un bastón, Felidor me cuenta riendo que está orgulloso de ser un Foitzick porque mi padre pidió permiso de ocupación y no le dieron, a pesar de haber sido terrenos chilenos que se daban, no como en Argentina que no se daban, y éstos eran terrenos fiscales y esos campos estaban solos y cerrados pero no podía entrar nadie ahí, ni ocuparlos ni nada, con una compañía avarienta, cuyas tierras colindaban con las de Río Mayo, un verdadero desierto sin nadie en absoluto.
Para casarme, me robé a mi mujer. Un día me metí a la casa no más y como estaban durmiendo, la eché al anca del caballo y salí con ella en un rato y listo. ¡Qué sabía uno de casarse no había Civil, ninguna de esas cosas!, manifiesta a carcajada limpia.
Las mateadas de Oria
En torno a la fogata llena de rojos vivos e intensos, alguien se me acerca la última noche de las esquilas y mirándome a los ojos me dice que se han empezado a terminar los vicios. Al día siguiente tengo que ir a la Élida a formalizar un trueque por cien caponcitos, y voy vandeando cauces, saltando bardas, avanzando penosamente hasta que, al pasar por el rancho de Oria, siento un silbido. Era raro, pero me han visto pasando y quisieron que fuera adentro. Mateamos una hora, chanceamos, reímos, inquirimos datos del mundo. Oria no está bien cuando me despido, pero formalizo con él un encuentro diciéndole que le enviaré con un mensajero un papel garabateado con la hora y el lugar en que nos localizaríamos. Sólo muchas semanas más tarde regresa el mensajero con la respuesta. En otro papel manchado de grasa y con trazos de pluma R, con esa letra de los antiguos tan perfectamente característica, me dice que el encuentro debe ser a las cuatro de la tarde en su casa del Galera y que fuera a caballo y no llevara nada. En medio de títulos gratuitos y animales orejanos, gentes acicaladas por el sufrimiento y el asedio climático, el güeñe Gilberto Oria me transmite su alegría. Dice que está contento de haber llegado al mundo por parto difícil entre cañales, sábanas y agua caliente, por la curiosa del lugar, Carmen Castillo. Gilbertito tiene ya nueve años cuando va a la escuela del Valle y la vida inicial de observación imitativa es fácil y hermosa para él. Criado por Clorindo Orellana Solís, su cuñado, con quien tiene la posibilidad de empaparse profundamente del carácter de la vida campera, se constituye en la piedra fundamental de su filosofía de vida.
Qué duda cabe. Las cosas se formaron así, calladitas y de vuelta y vuelta. Los trucos y las tabas siguen haciendo ruido en la tierra y el mundo campero no deja de vivir. La vida en Aysén siempre será distinta, ch.
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