El periodista Baldo Araya Uribe es el único hombre que se atrevió a ir a los poderes centrales de Santiago a dar la cara por Aysén. Lo que a todos les gustaría saber y creo que les encantaría, es qué monos fue a pintar a Santiago en Agosto de 1963.
El estilo de crónica que llega hoy rebasa todo lo esperado, al producirse un naufragio en plena época de compañías ganaderas.
Francisco Canaro me llevó anoche al mismo lugar que emocionó a mi padre en esas tardes lánguidas cuando caía la nieve de Julio. Coyhaique se llenaba de música del tango en aquel tan lejano 1956.
Durante el trabajo de entrevistar y recopilar –que es arduo y espinoso-, a veces me entreveré con viejos hombres de campo que llegaban de cualquier parte en medio de una atmósfera amigable, con empalagosos versos de truco y golpazos de dados para darle al mus.
A Puerto Aysén no sólo se llega, decían nuestros viejos cuando uno era niño. Hay que bajar al puerto. Tampoco se encontraba uno con tropillas de cariblancos como en la canción.
Algunos sucesos que parecen extraídos de novelas de terror ocurrieron realmente durante las primeras exploraciones.
Cuando me encontraba revisando los originales de mi cuarta novela, Amengual, ocurrieron descubrimientos maravillosos que comparto hoy.
No sé en qué momento exacto de la vida decidí bajarme del tren y dejarme caer en este andén de huesos perdidos y memorias húmedas. Creo que comencé a confundir el zumbido de las moscas con ciertas sinfonías lejanas de la casa natal.
La muerte es una invitada de honor en los espacios de la primera provincia. Bravos los inviernos, solitarios los caminos en la tercera década del siglo XX. Cualquier cosa puede pasar ahí.
Los tempranos días de los carabineros de Aysén, cuando enfrentaban solos la nieve y el viento, el alojo en medio de la cordillera y el viaje a caballo hasta un juzgado de Chiloé
Soy de Mañihuales, esa es mi ciudá… es uno de los temas que nos legó mi compañero de escuela Alejandro Chocair, el Aysenino Porfiado, cantautor fallecido.
Sonaba una música triste de victrola cuando vi llegar a la Serafina hasta Pampa Ormeño. Tenía diecisiete años y la divisé con su padre, imaginándola con un fondo de calafates y el cansino trote del matungo.
Por la tarde es la abuela. Los cercos nevados, el techo completamente blanco. El frío insoportable y las manos azuladas. La abuela ha llegado de los lados de Perito entrando a la frontera con la Tere, la hija de Francisco Vergara.
Un ejercicio de reconversión y retroceso, termina por llevarme a los primeros días de niñez en un Coyhaique que pronto cumplirá 100 años.
Como una marisma, como un charco de agua que engaña y molesta en medio de la huella, Aysén parece que se tocara a sí misma para convencerse que sigue viva su historia a través de los días.
Muchas veces estuve de visita en los campos y abrí tranqueras de golpe. Los gauchos chilenos respiraban en silencio sus soledades. Pero hablaban lindo sobre lo que le dejaban sus abuelos.
Puerto Aysén era la puerta de entrada del territorio del Áysen, donde llegaron los del sur y norte en busca de trabajo en las primeras compañías. Los recién llegados buscaban algún caballo viejo y barato para iniciar la travesía con pilchas y familia hasta la Pampa del Corral.
Era muy divertido escuchar esta historia de un hombre que le gritaba a su nieto la frase para que no se olvide que tenía que estar sano para vivir y llegar a tiempo a comer el café del desayuno.
Nadie logra aún conocer la identidad de quien revelara el único secreto de la vida del general Antidoro Bermúdez. Se comentaba sobre un vagabundo que dormía bajo los muelles de Puerto Aysén a principios de los años 20. La verdad era otra.
El año 1910 fue la primera vez que algunos caminantes escucharon hablar de Chile Chico, cuando arreaban animales por la pampa rumbo a Tierra del Fuego. Quedó con ese nombre en comparación con el Chile Grande que ellos conocieron en el sur.
Hoy atrapamos en nuestros cuadros de costumbres a tres personajes de la estancia Coyhaique: Carmelo Levín, José Cayún y el primer médico George Schadebrodt.
¡Qué bella mujer era Irene! Desde que llegó a la pampa junto a sus padres y a su hermanita Asse, hasta que se supo de un libro que escribió sobre esas tan profundas memorias y que le puso el nombre de "A caballo por la vida".
Una experiencia que regresa y se aleja fue la que me tocó vivir durante las entrevistas a Peter Rock en las alturas de Concón. Varios días estuve con él, grabando palabras e historias de su vida. Hasta que una enfermedad invalidante se lo llevó para siempre.
Nunca imaginé encontrar en el rincón más invisible de una casa de campo cercana a Coyhaique, un museo de antigüedades que me atraparía como un resorte, salido de la nada. Mi amigo Erico me lo anunció entusiasmado durante una noche de copas y pensé que era otra de sus invenciones.
Todo tiene sentido cuando un colono burla las distancias y se hace querido y admirado por sus pares al fundar un emplazamiento casi imposible en el sur furioso de Aysén
La controversial situación geográfica de existir como ayseninos y ser una de las regiones más paradójicas de Chile, me lleva hoy a anudar algunos cabos sueltos y nuevas singularidades sobre nosotros.
Nerta estaba de cumpleaños en el momento de terminar ayer estas líneas. Bella la hija de colones, conoció a todos sus primeros paisanos.
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